Llegué a Barajas en el otoño de 2007, como concejal portavoz del PSOE en el distrito; ilusionada, aunque un tanto abrumada por la responsabilidad que asumía y que estrenaba. Representar a mi partido y a mis vecinos en un distrito que no era el mío de residencia supuso un reto y una tarea apasionante en la que aprendí mucho, no sólo de Barajas y de sus vecinos y vecinas,-que también-, sino sobre lo que significa hacer política desde la cercanía con la gente: eso que se llama en términos coloquiales “patearse la calle”. Y ese aprendizaje me ayudó después en los años que siguieron, como ministra y después como secretaria de Estado de Vivienda, en los que siempre traté de acercarme a las personas a las que iban dirigidas los proyectos del Gobierno en las materias de mi competencia.Y dentro de esas competencias, una de las quizá menos conocidas es la rehabilitación del patrimonio histórico; es decir, la recuperación de edificios emblemáticos de las ciudades y pueblos que necesitan una intervención para devolverles su uso original o para dotarles de una nueva vida al servicio de los ciudadanos. Cada uno de nosotros tiene guardado en la memoria y en el corazón el recuerdo de un cine, un teatro, una casa, una plaza, quizás una calle, a los que asociamos un momento de nuestra vida que fue importante para nosotros, quizá porque fuimos felices en ellos, quizá porque sufrimos…Yo lo llamo “la memoria emocional” de la gente, tan ligada a su paisaje urbano. A lo largo de mis años de servicio desde el Gobierno, he tenido el privilegio de compartir la emoción de muchas personas al recobrar ese edificio tan querido, cerrado, en muchas ocasiones, durante décadas, y que habían visto deteriorarse año tras año hasta casi perder la esperanza de recuperarlo.
